Resulta que estoy mirando el diario Perfil, y dice el titular: Anuló el matrimonio porque ella tenía barba y era bizca.
Vamos a ver. Vos salís una noche, ponele un sábado, te pusiste en pedo, cuatro y media, cinco de la madrugada estás más solo que Robinson Crusoe y la viste ahí.
- Hola harmosa, ¿sodita?
- ¿Eh?
- Si estás sodita o agompaneada, devena.
- Sola, sí, como te llamás.
Y ahí arranca el tema. Terminas bien la noche, contento. Domingo tres de la tarde, te despertaste solo, con resaca. Cuatro y media teléfono, ella, para preguntarte cómo estás. Con resaca, cómo vas a estar. ¿Nos vemos más tarde?, te dice. Ni en pedo, pensas. Bueno dale, te llamo porque no sé qué voy a hacer todavía, le terminás diciendo. Ese domingo no la ves, tenés que ir a la cancha, volver, escuchar cómo terminaron los demás partidos, cenar, ver el resumen de goles e irte a dormir.
Lunes, te llama cuatro veces. Martes, ocho veces. Uno es un caballero, no podés insultarla ni decirle que no te llame más. Una vez más, si o si la tenés que ver. Listo, quedaste para el Jueves.
Jueves. Sobrio. Nueve en punto. Llega. Chasco. La viste y pensas cuál habrá sido el nivel de alcohol para cometer semejante error. Te saluda, la saludás. ¿Qué tal estás?, te dice. Vos por dentro pensás, para el culo. Bien, bien. Ahí empezás a pensar cómo hacés para huir. Le decís que te tenés que ir. ¿Tan rápido?, te dice. ¡Volando!, pensas. Sí, mirá me tengo que ir porque mamá está internada. ¿Es grave?, te dice. Mirá, el médico me dijo que se moría entre hoy y mañana, así que no puedo faltar. Pobre, ¿qué tiene?, te rompe las pelotas. Influenza H1N1, le decís. Taxi, au revoir.
Listo. Te fuiste, no la viste nunca más en tu puta vida. Esto es lo normal en Occidente, detalle más detalle menos. Pero, pero, pero aparentemente en Oriente, de donde era oriundo el tipo de la noticia, es distinto. Vos no le podés ver la cara a la mujer, porque en todo momento viste un velo. Y solo casándote podés quitarle el velo.
Jodido, ¡eh!. ¿Cómo comprás sin ver?. Es como comprar por internet. A veces te cagan. Pero, hoy por hoy hasta eBay tiene la posibilidad de devolver lo que no te gustó. ¿Cómo hacés con una mina?, imposible. Además hay una cuestión estadística, uno cuando sale a la calle de cada diez mujeres, máximo tres están buenas, cinco te las bancás como amigas y dos que no las casa ni Roberto Galan. Ojo, porque hay países donde los números son mucho menos favorables. En el mejor de los casos, tenes que tomar la decisión de casarte, con una probabilidad de solo treinta porciento.
Además con el tema del velo, vos por ahí te hacés la cabeza porque tiene linda voz, y luego te encontrás con una que se parece más a Tevez que a Pampita. El velo es el problema. Ni las curvas te deja ver. ¿Y si no tiene curvas y es una tabla?. ¿Y si en vez de una tabla es un redondel?. Abajo de esa sábana se puede ocultar cualquier forma geométrica.
Lo que pasa que la mina es turra, también. Porque si está buena no te lo dice. Y si es fea tampoco. Nadie en este mundo se mira al espejo y dice: ¡Qué feo soy!. Porque el cerebro viene preparado para que cuando vos te veas en el espejo te reconozcas como vos mismo. Entonces nunca te ves feo. Te podés ver gordo. O flaco. O alto. O petiso. Podés desear más músculo. Pero feo no se ve nadie en condiciones normales.
Ahora, ojo, el tipo es un pelotudo. Porque fijate, cuando vos ves el aviso clasificado en el diario y llamás para hablar con el dueño del auto que se vende, lo ametrallás a preguntas antes de ir a verlo. ¿Chocó?, ¿La pintura como está?, ¿Y de motor?. Acá lo mismo. Vos te sentás a tomar un té -porque los árabes toman té- y ahí le podés ir preguntando de a poco.
Che, y contame un poquito de vos, ¿de tetas cómo venis?. Así le podés hacer un radiografía. Pero claro, nunca te va a decir que tiene barba o es bizca. Está bien. Ocultar vale. En Occidente nos pasa igual. Vos te juntás con una mina que te parece encantadora y luego no era así. Y vos tampoco le dijiste a ella que a la mañana te tirás pedos. Pero en el mundo árabe es más más complicado el tema, porque además de la mentira normal, tenés que adivinar qué se esconde debajo del velo. Conocer una mina en el mundo árabe es como participar de un programa de entretenimientos de sábado por la tarde: descubra qué se esconde abajo del velo.
No le veo solución. Quizás hay que cambiar la ley y que antes de dar el sí del casamiento, te permitan mirar. O sino que los tipos también usen velo. O que nadie use velo. Pero estas alternativas están lejos de la cultura árabe.
Se me ocurre una alternativa mejor: todas las minas antes de usar velo, tienen que ser calificadas por un grupo de especialistas. Como si fuera un defile, ponele. Entonces después del desfile la mina se lleva la nota a casa. Puntuación de cero a cien. La calificación la tiene que llevar bordada en el velo. Si te sacaste quince, te jodés. Buscate un tipo de quince. Siempre hay un roto para un descosido.
¿¡O no!?
El del 0.33%
miércoles, 10 de febrero de 2010
La culpa es tuya
lunes, 1 de febrero de 2010
Conociéndome
A lo largo de mi vida he ido conociendo mi cuerpo cada día más. No hablo desde el punto de vista visual, ni tampoco esos primeros años donde uno descubre que tiene pito o un agujerito en la panza que se llama ombligo.
Hablo de otra cosa. Hablo de saber cómo funciona. Qué pasa si como tal cosa bajo ciertas condiciones. Qué pasa si bebo tal cosa en exceso. Y así.
Voy a empezar por el final: en mi vida me cagué encima cuatro veces. Literalmente. Así como lo leen. Tengo la desdicha de tener mi sistema digestivo muy rápido y tener la necesidad de cagar tres o cuatro veces por día. Y a veces no llego, bien porque estoy lejos de un servicio o bien porque el torrente es tremendamente insostenible.
De las cuatro veces que me pasó la tragedia, quiero contarles la peor. La más inmunda, pero a la vez la más placentera.
Tenía diecinueve años. Estaba en segundo año de la facultad. Me junté con unos compañeros en un bar del centro de La Plata. Bebí, me divertí, y en un momento noté que era tarde y decidí irme para mi casa. No había tomado nada de alcohol, porque mi viejo me había prestado el auto.
Salgo del bar a las dos y pico de la madrugada de un viernes, me subo al auto y perfilo para mi casa. A las pocas cuadras, empiezo a notar que toda la Coca Cola con hielo que había tomado, empieza a hacer revolución. No lo aguantaba. Se venía. Ya estaba ahí. Doblo a toda velocidad por Plaza Italia, y antes de tomar la diagonal setenta y siete paro en la Estación de Servicio. Voy al baño, tiro del picaporte: Cerrado, exclusivo para clientes pida la llave en recepción.
Voy a recepción, no hay nadie, el único encargado estaba verificando el camión que llena los tanques, con lo cual no podía atenderme. Me subo al auto y me voy.
El semaforo de avenida trece y calle cuarenta lo pasé en rojo. Mis tripas se retorcian de una manera que era insoportable. No podía más. Pensé en parar en la Plaza Belgrano y cagar al lado de un árbol, me dí cuenta que lo mejor era hacer el trayecto que faltaba.
No frené en casi ninguna esquina. No le daba paso a nadie. La velocidad de aquél auto era por lo menos ochenta kilometros por hora, y tomaba las curvas como Carlos Sainz. Al fin llegué a mi casa.
Entro por el garage, y ahí tomé la primer decisión importante: cago en el baño que está al lado de la parrilla en el quincho a unos cuarenta metros de la casa o abro las dos puertas que faltan para llegar al baño de casa. Es de noche, hay que buscar las llaves salgo cagando a toda velocidad para el fondo.
Llego al quincho, tiro del picaporte, mi vieja había cerrado la puerta porque adentro guardabamos la máquina de cortar cesped y algunas cosas más. Me cagué pensé en un momento pero vi que la ventana del quincho había quedado abierta. Me metí por la ventana, corrí hasta el baño.
Llegué, rojo del dolor, me bajé los pantalones hasta abajo y en ese momento pasó lo peor. Explotó.
La panza se comprimió con los muslos de las piernas, los intestinos se apretaron y ¡¡bluuaaaff!!....Todo, absolutamente todo sucio. Azulejos blancos, piso blanco, inodoro, tabla y tapa del inodoro, rollo de papel hiégnico, piernas, pantalones, zapatos, camisa, todo era un cuadro pintado por mierda.
Luego de la explosión, tocaba lo peor. Limpiar todo. Lo primero que hice fue sacarme toda la ropa dentro del propio baño. Me quedé totalmente desnudo, con las piernas y los pies cagados. Agarré el jean y con eso me limpié un poco. Salí en pelotas por la ventana del quincho y fui a buscar la manguera.
Cuando estoy yendo por la mitad del parque con la manguera en la mano y en pelotas, mi hermano prende la luz de su cuarto y se asoma por la ventana. El dialogo fue más o menos este:
- ¿Qué hacés a esta hora en bolas? ¿Al quincho venis a garchar?
- No, me cagué encima.
- ¡Uuuhh! qué tipo más pelotudo.
Cerró la persiana y siguió durmiendo. Mi trabajo recién empezaba. Conecté la manguera, y me limpié con agua fria, en pelotas y en el medio del parque. Luego a manguerear todo, juntar la ropa y lavarla, cepillar los azulejos, el piso, y todos los accesorios del baño. Una vez que terminé con eso, trapo y lavandina, porque el olor que había no se iba con nada.
Deje todo perfecto. Sin embargo, aquella noche épica me ayudo a comprender que Coca Cola con hielo no puedo tomar más de un vaso pequeño. Con el tiempo también aprendí que el café con leche es letal, la pileta inmediatamente después de comer es tremenda, y cenar con el torso desnudo con un ventilador cerca, no tiene otro resultado distinto que una explosión de placer.
El del 0.33%
domingo, 17 de enero de 2010
Inteligencia
Musgrave,amigo y coblogger. Aunque creo que se la robó de por ahí.
miércoles, 13 de enero de 2010
lunes, 11 de enero de 2010
Al pedo
McDonald's tiene trescientas cincuenta mil vacas en el Reino Unido con las cuales provee carne a todos los establecimientos hamburgueseros del país. Todos esos bovinos producen el cuatro porciento de las emisiones de gas metano del país.
Ahora, se han propuesto que las vacas se tiren menos pedos. No es algo sencillo, uno sabe que cuando el gas viene, no lo para nada, y para peor, si intentás pararlo potencias el sonido.
No sé bien qué se podría hacer para que las vacas no se desgracien. Me parece que cualquier intento es al pedo.
sábado, 9 de enero de 2010
Canónigos
El canónigo es una planta pequeña, que nace de manera silvestre a orillas de ríos en la Europa continental, fundamentalmente en Francia, Alemania y algunas zonas de Italia . El nombre científico es Valerianácea Locusta. Tienen un sabor semejante al del berro, pero sin el amargor de este. Dada su característica en paladar, se acompaña muy bien con aceite de oliva de arbequinas catalanas, mi preferido.
La planta mide entre cinco y diez centímetros, y tiene la desventaja que se echa a perder muy rápido, lo cual complica su conservación. Para prepararlo se recomienda no separar cada hoja de la planta ni tampoco manosear mucho sus hojas. Lo ideal es condimentarlos minutos antes de comerlos, para no arruinar su suave textura.
Se puede combinar con otras verduras, o con algunos frutos secos. Su fino sabor no lo hace compatible con sabores fuertes, pero podría mezclarse con nueces, manzana verde, tomates cherry o piñones.
Como acompañamiento puede ser un excelente socio del lenguado o el rodaballo, siempre y cuando no se incluya una salsa que opaque el delicado sabor de esta magnífica verdura.
lunes, 4 de enero de 2010
El muñeco
En La Plata tenemos la costumbre de quemar muñecos el 31 de Diciembre de cada año. La historia nace en la calle diez esquina cuarenta, cuando un viejo que tenía un almacén y bar en esa esquina se le ocurrió homenajear a un jugador de Cambaceres en aquel diciembre del año cincuenta y uno.
Nosotros, en el barrio, no podíamos ser menos que el resto y en el año noventa y cinco armamos nuestro propio muñeco. Empezamos en Octubre a pensar qué podíamos hacer. Eramos todos unos inútiles, con lo cual cualquier expresión artística resultaría en una obra paupérrima desde el punto de vista estético.
Ante esta situación, nos juntamos los quince y consensuamos que el muñeco debía ser algo fácil de hacer y que, por sobre todas las cosas, tendría que explotar mucho. Mucho más de lo normal de cualquier muñeco.
Definir qué muñeco hacíamos no fue fácil. La primera propuesta fue hacer una poronga de tres metros de altos. En principio a todos nos parecía buena la idea, pero luego el Nono dijo que nos iba a resultar un poco más difícil conseguir dinero, sobre todo de las madres y las abuelas que paseaban por la zona con sus nietos. Tenía razón. Descartado.
La segunda propuesta fue hacer un cohete espacial. La idea era pésima, inocente y estaba lejísimo de representar la esencia del grupo de amigos, pero a su favor, tenía la simplicidad del desarrollo. También lo descartamos.
La tercer propuesta la dijo mi hermano. Hagamos una lata de Quilmes, dijo. Por atrás se escuchó a Fufi -que de hecho era el único que al menos dibujaba bien- decir que él pintaría el logotipo. Nos embarcamos todos en el proyecto a finales de Octubre.
El primer paso fue conseguir financiamiento. Pusimos todos dos pesos y compramos en lo de Giúdice un secador de pelo que luego rifamos con cien números a cinco pesos por chance. Pasabamos casa por casa, mostrando el secador y vendiendo los números. Ahí conseguimos plata para empezar a comprar el arsenal de pirotécnia que le ibamos a poner adentro. El segundo paso fue conseguir los materiales. Nos robamos unos hierros de algunas obras del barrio, más unas cañas secas que conseguimos en dos baldíos que junto con cartón y diario nos ayudó a conformar el cilindro color blanco que luego se transformaría en lata de Quilmes pintándole solamente el logotipo.
A finales de Noviembre ya teníamos el muñeco casi armado. Pero eso no era lo importante, sino que teníamos acumuladas ciento treinta bombas de estruendo, de esas que para lanzar hace falta introducirlas en un tubo para luego elevarse diez o quince metros y explotar en el aire. Nuestra letal idea era amarrarlas a la estructura de hierro y que exploten a uno o dos metros del piso. Una locura sin igual.
A finales de Diciembre el arsenal era increíble. Teníamos más de doscientas cuarenta bombas, setenta aerosoles, medio kilo de clorato de potasio y azufre suficiente como para armar un descalabro. Con todo eso, podíamos armar quizas cuatro o cinco muñecos que se quemaban en cualquier otra esquina, nosotros solo lo utilizaríamos en un cilindro de carton y papel de un metro y medio de diámetro y tres metros de alto.
Llega el 31 de Diciembre. Ajustamos los detalles pero surgió un problema. Nadie se animaba a encender con una antorcha aquel muñeco, porque sería el último día de su vida. De nuevo la creatividad se hizo presente: armamos un arco y una flecha de caña que encendería el muñeco, idea utilizada tres años antes en las Olimpiadas de Barcelona para encender la llama olímpica. No solo quedabamos como creativos, sino que también nos evitábamos la triste experiencia de ir a encender de cerca más de cuatrocientos explosivos.
Eran la una y media del uno de Enero del noventa y seis. Se había corrido la bola por todo el barrio que el muñeco sería una bomba atómica. Más de quinientas personas se aglutinaron en la esquina de veinticinco y treinta y seis. Empezamos con batucada de unos amigos que vivían cerca del barrio. Encendimos la flecha. Emi disparó. ¡Rebotó en el muñeco y no encendió!. La gente descostillada de la risa pero nosotros preguntandonos: ¿Y ahora?. Claro, todos se reían porque no sabían lo que se venia.
Lo agarramos al Petro, un borracho habitué del barrio que había estado en Malvinas, con lo cual ya de por sí era mucho más valiente que todos nosotros para que agarre la flecha encendida, se acerque y la tire adentro del cilindro.
A los pocos segundos de tirar la flecha, la primer explosión. La segunda. La enésima. Volamos el barrio, la gente que en un principio se había ubicado a unos veinte metros, terminó mirando el muñeco a casi setenta. Todo el mundo con los oídos tapados, nadie podía creer el espectáculo que estabamos dando con tan poco arte.
Quince minutos después, quedó todo hecho cenizas. La gente ovacionaba, no lo podía creer. Venían todos a preguntarnos qué le habíamos puesto. Algunos viejos nos dijeron que nunca en la historia de La Plata habían visto semejante cosa. Otros directamente nos preguntaban si ya sabíamos qué muñeco haríamos al año siguiente. Hagan otro, no nos pueden fallar, nos gritó una vieja de la mano con sus dos nietos felices.
Un momento de gloria para un grupo de amigos muy subestimados por todo el barrio. La felicidad y el reconocimiento de una cagada más. ¡Ah! El secador de pelo lo sorteamos entre nosotros, se lo ganó el Gordo.
El del 0.33%
lunes, 14 de diciembre de 2009
En su lugar
Hijo.- ¿Mamá, dónde está la remera celeste?
Madre.- ¿Cuál celeste?
Hijo.- La que me regalo la tía
Madre.- La guardé porque estaba tirada en el medio del paso
Hijo.- ¿Dónde?
Madre.- En su lugar
Hijo.- No está acá
Madre.-Buscá bien
Hijo.-Te digo que no está
Madre.-Fijate si no la puse para lavar
Hijo.-A ver...No, no está. ¿Dónde la metiste?
Madre.-¿Estás seguro que no está con la ropa sucia?
Hijo.-No
Madre.-Mirá si no está para planchar
Hijo.-¿Dónde esta la pila de planchar?
Madre.-En su lugar.
Hijo.-Yo no plancho, ¿dónde?
Madre.-En el lavadero, en la cesta grande.
Hijo.-No la encuentro
Madre.-¡Buscá bien, por favor!
Hijo.-No, no está.
Madre.-A ver, correte. ¿Es está?
Hijo.-No, esa es otra.
Madre.- ¡Ah! no sé entonces. Yo decía esta.
Hijo.-La que tiene unas letras grandes blancas.
Madre.-¿Esta es?
Hijo.-Sí, ¿dónde estaba?
Madre.-Con los trapos viejos para limpiar.
Hijo.-¿!cómo con los trapos viejos!?, ¿limpiaron con mi remera?
Madre.-Mirá lo que parece esa remera, un trapo.
Hijo.-Está nueva.
Madre.- No te vas a poner esa remera para ir a lo de Abuela en Nochebuena ¿no?
Hijo.-Sí, a mi me gusta.
Madre.-No, cambiate, pareces un croto.
Hijo.-Yo quiero esta, a mi me gusta.
Madre.- Hablá con tu padre.
Hijo.-Papá me deja.
Madre.-Carlos, vení un poquito por favor.
Padre.-¿Qué paso?
Hijo.-Mamá no quiere que me ponga esta para ir a lo de la Abu.
Padre.-Y está un poco vieja. ¿no?
Madre.-Es un desastre, estaba con los trapos viejos, imaginate.
Padre.- ¡Ah! Quiere decir que no solo está vieja sino que además está sucia.
Hijo.-No, pero no tiene olor.
Padre.-Ponete otra.
Hijo.-No quiero.
Padre.-Bueno, no vas.
Hijo.-Sí voy.
Padre.-Bueno cambiate y vas.
Madre.-Dale, apurate.
Hijo.-¡Ufa loco! Me tienen podrido ya.
Madre.-No rezongues.
Hijo.-¿Por qué no le dicen a él también?
Madre.-Porque es más chico y lo visto yo.
Hijo.-¡Un día me voy a ir y van a ver!
Padre.-Bueno avisanos y te hacemos la despedida con fiesta y todo.
Hijo.-Siempre lo mismo. Nunca puedo hacer nada.
Madre.-¿Podés apurarte un poquito, por favor?
Hijo.-Siempre reclamando.
Padre.-Hasta que te hagamos la despedida, sí.
Hijo.- Mamáááá, ¿las zapatillas?
Madre.-¿Otra vez? ¿Nunca encontrás nada?.
Hijo.- No, si las esconden.
Madre.- ¡Ay Diosanto, qué paciencia!
(fin)
jueves, 10 de diciembre de 2009
Pegame acá
Resulta que en Noruega vieron un haz de luz en forma de espiral. Pensaron en un meteorito, otros dijeron que podía ser un ovni y otros, directamente, no tenían la más remota idea qué podía ser.
Entonces los noruegos, ni lentos ni perezosos, se fueron a Harvard a preguntarle a un astrofísico qué podía ser. El tipo los miró, con esa sonrisita sobradora que tienen todos los yanquis, y les dijo:
sábado, 5 de diciembre de 2009
Hacia dónde
Hace unos días alguien preguntó qué inspiraba a un escritor. Esa misma persona, luego de una pausa, siguió preguntando si acaso la inspiración tiene sus orígenes en la nostalgia, en el aburrimiento, en la melancolía, en la pena, o en qué cosa.
